Ya van varios días encerrado tras estas rejas. A mi alrededor, humo, idea... ¿miel?. Bajo mis pies, solo hielo. Antes de que mi corazón se congele, mejor hago una cálida confesión: Confieso que deseo verte. Aunque, ahora que lo pienso, no se si sea un deseo absoluto. Mas bien es parte de uno mayor, con varios índices, con varios matices. Si hago una lista, seguro me entenderá el juez, o sea, yo mismo. La lista empieza con este: Deseo que tu indiferencia, se transforme en mi libertad. ¿Qué es la libertad? Pintura: El prisionero - Oswaldo Guayasamín. Canción: Fruko y sus presos - Alcolirykoz. Narración por el autor.
Encuentro en las calles del centro Bogotano un sin fin de delirios. Delirios llenos del perfume que embaucaba mi sentido del olfato esa noche. ¿Acaso hay lirios en la quinta con calle 26? Dudo mucho esto. Mas bien campanillas, eso definitivamente si, porque las recuerdo adornando tu cabello. Aunque, en algún momento se tornó todo blanco, viendo tu piel de cerca. Y, enfocando mucho mas adentro de mi memoria, se divisa a lo lejos un abundante numero de fines relacionados con la silueta de tu colectivo mortal, de tu sistema físico de existencia, de todo tu ser. Y si, digo todo tu ser porque recuerdo claramente la sincronía que enmarcaban mis apotegmas con los tuyos. Bienaventurada vida, vibrante libertad. Se mueve por mi cuerpo ese intenso deseo de volver a deleitar mi vista con tu presencia, de deleitar mis oídos con tus palabras suaves y con el sin fin de técnicas elocuentes y atrapantes que usabas (y aun usas) para jugar con mi mente. Tu rostro, cansado del día, no era un reflejo d...